domingo, 24 de agosto de 2014

Presentación

La reforma de 1918 y sus aspiraciones

El Manifiesto liminar de 1918, firmado por los dirigentes de la Federación Universitaria de Córdoba, pero redactado por Deodoro Roca, ya abogado, es un documento notable. Conmovedor por su energía e idealismo, no se rebaja a hablar de calidad o excelencia académica. Apunta mucho más alto: a la verdad, la belleza, el bien.  Proclama el fin del antiguo régimen, fundado en "el derecho divino" del profesorado universitario y vituperado por mediocre y autoritario. En su lugar reclama un gobierno estrictamente democrático de la Universidad, en cuyo marco podrá florecer la ciencia, que por el contrario ante el espectáculo del anterior régimen, decadente y senil, "pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático".

El manifiesto aspira a una Universidad dedicada a la Ciencia (con mayúscula la escribe), al libre intercambio de ideas y a la creación de conocimiento nuevo. Y esto en el marco de un sistema democrático de gobierno en el cual los estudiantes tengan activa participación, y en el que la autoridad no esté fundada en la fuerza o la tradición.

Noventa y seis años después del manifiesto, la mayor parte de las Universidades nacionales con cierta trayectoria están gobernadas (con algunos matices) por un sistema complicado en el cual los estudiantes tienen una presencia importante, junto con docentes y, en muchos casos, no docentes. En este sistema, conocido como "cogobierno", las máximas autoridades son cuerpos colegiados con representación de tres o cuatro claustros, integrados por las mismas personas que deben también estudiar, enseñar e investigar. Los estatutos incorporan además, de uno u otro modo, los principios de libertad de cátedra, acceso a los cargos docentes por concurso y el reconocimiento de la investigación y la extensión como actividades que hacen, junto a la docencia, a la esencia del quehacer universitario.

Después de la normalización de las universidades post-dictadura, el cogobierno lleva más de dos décadas de vigencia ininterrumpida. A primera vista, los sueños de los reformistas parecieran haberse hecho realidad.

Los mediocres y su refugio

Pero, ¿es realmente así?  ¿Ha logrado esta organización de las Universidades realizar los ideales que impregnan el Manifiesto?  ¿Son nuestras universidades ambientes dedicados a la verdad y al bien, o al menos a la excelencia, o por el contrario continúan siendo "refugio secular de los mediocres"?

El fuerte reclamo de participación estudiantil presente en el Manifiesto puede hacer pensar que la mediocridad es consecuencia y aliada del autoritarismo, y que el resto de los problemas se resolverá casi por añadidura en una Universidad democrática, donde los jóvenes elijan ellos mismos "sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones".

Es sin duda tentador imaginar Universidades gobernadas por profesores y estudiantes que se tratan en pie de igualdad, que obran siempre en función del bien común sin jamás defender en los consejos intereses personales o de grupo; que aportan siempre, sin que nadie se lo exija, el máximo de sus esfuerzos. Profesores y estudiantes capaces de dedicarse al estudio, a la investigación, a la enseñanza, a la extensión y al gobierno de la Universidad, ocupando cargos ejecutivos o bien integrando alguno de los múltiples consejos y comisiones.

Sin embargo la experiencia de años recorriendo los claustros nos indica que la realidad difiere de ese cuadro idílico. Mal que les pese a los jóvenes del Manifiesto, los mediocres no sólo no han desaparecido de la Universidad, sino que han sabido medrar en ella, con todo y reforma. Profesores que constantemente amañan concursos y eluden formas de rendición de cuentas, al tiempo que en nombre de reclamos (justos e indiscutibles) de estabilidad laboral promueven la completa aniquilación del principio de cátedra periódica y cubierta en concurso público y abierto. Estudiantes que, lejos de aquellos aliados con los profesores progresistas contra el conservadurismo cientificista en la mítica UBA de los años 60, recurren a los cuerpos colegiados para suavizar o eludir las exigencias académicas, o que se incorporan a agrupaciones transcláustricas cuyo objetivo principal es el ejercicio per se del poder universitario (casos Franja Morada, Suma, Rodolfo Walsh). Y no docentes que reclaman incorporarse al gobierno universitario apropiándose de la condición de "pueblo trabajador", pero sin ceder un ápice de sus privilegios (concursos cerrados, ausencia de evaluación en sus cargos) y sin someterse a la autoridad de los cuerpos de gobierno que reclaman integrar.

Nuestra tarea

Estos mediocres contemporáneos sobreviven al amparo de la democracia que hubiera debido desterrarlos: intercambiando favores en los consejos directivos, forjando alianzas de puro interés faccioso, negociando opacamente por fuera de las instancias públicas de toma de decisiones, atrincherándose en laberintos burocráticos y detalles leguleyos, escapando a sus responsabilidades mediante comisiones y consejos. El Manifiesto se queja amargamente de la burocracia, pero la Universidad cogobernada de nuestros días se caracteriza por incrementar casi a diario el volumen de la burocracia que descarga sin piedad sobre los hombros de sus docentes.

No se trata aquí de desarrollar una crítica al movimiento reformista (cuyos miembros más despiertos y sinceros, D. Roca a la cabeza, vieron bien pronto en qué habían quedado aquellos ideales; véase por ejemplo el ensayo de M. V. Galfione). No nos anima un afán de revisionismo histórico. Se trata, más bien, de reflexionar acerca del mejor modo para que las Universidades cumplan con su misión. De abandonar prejuicios, de no atarse a las formas y de superar el discurso "de excelencia". Porque, más allá de los avatares de la reforma, y más allá incluso de ciertas afirmaciones discutibles, hay algo que el Manifiesto ha comprendido bien:  y es que la excelencia, el mero sobresalir, no justifica ni redime.  Para eso hay que erguirse y esforzarse en la dirección de "los verdaderos constructores de alma, los creadores de verdad, de belleza y de bien."

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